Elena Valentina

06/12/2012 § 10 comentarios

Hace justo una semana estaba en mi trabajo en Suchitoto. Cindy tenía la última cita de control prenatal pues el parto se esperaba allá por el 14 de diciembre.

A media mañana comenzó a sentir cierto malestar. Estaba en consulta, casualmente, y la enviaron al hospital a chequeo de emergencia. “Si son contracciones”, dijeron, “pero aun falta bastante para que nazca”, remarcaron.

Asi que ella regresó  casa esperando que pasaran estas ‘contracciones de ensayo’. A todo esto yo estaba, desde allá, pendiente de todo movimiento via whatsapp.

Algo no me cuadraba. Un día anterior era luna llena, casi 2 meses antes había sugerido que ella nacería un 29 de noviembre.. pero no, no podría ser casualidad.

Los dolores incrementaron y poco a poco aparecían más seguido. 15, 10, 5 minutos. Mi corazón estaba que reventaba. Siempre temí que mi hija naciera mientras yo estaba tan lejos que no pudiera estar cerca cuando lo hiciera. Y no, no es que uno sea de gran ayuda, lo sé, pero quería vivir ese momento de ajolote en el que hay que salir corriendo al hospital, firmar la hoja de ingreso, dar los datos de tu esposa y el nombre de tu hija en los plantares.

Cuando de plano se convencieron que no era un simulacro -como todos creían- salieron corriendo -de nuevo- al hospital. Yo a media reunión apenas lograba seguir el hilo de la conversación. Quería huir de ahi, salir corriendo a recibir a mi hija y darle ánimos a su mamá. Estaba entre Teatros y Hospitales, entre escenarios y salas de parto, entre arquitectos y médicos, entre mi trabajo y mi vida.

No se que cara tenía, pero mi jefa me regaño porque todavía estaba ahi y no me había ido para San salvador. “no todos los días nace una hija”, me dijo, y sentí que flotaba en el aire corriendo hacia el bus que me llevaría donde mi princesa estaba por nacer. Agradézcole en serio su empatía.

Nunca el viaje desde Suchitoto a casa fue tan largo. Fue eterno. Cada mensaje que recibía en el celular me provocaba gritar al conductor que se apresurara. Me angustiaba cuando se tardaba en responder, me faltaba aire, estaba ansioso, me reía solo, quería gritar y decirles a todos en el bus que mi hija estaba por nacer. Puta, quería llorar y reír a carcajadas al mismo tiempo; hablarle a Gabo y contarle que su hermanita ya estaba por nacer; decirle a la vida, a Dios, a la Fuerza y a quien se me pusiera en frente que era el hombre más feliz del mundo. Talvez no entiendan porque tanta euforia, talvez parezca ridículo, exagerado y cliché, si, pero no hay manera de describir esa sensación.

Paloma, en serio.

Llegué como pude casi creyendo que llegaría a su primera comunión por tan lento que sentía ese bus. Ya estaban en observación y esperando entrar a sala de parto. entré a dar mis datos, los de ella y los de la nena. Créanme, jamás sonó tan lindo decir ‘Elena Valentina‘.

A las 10:45 de un 29-11-2012 nació mi segundo angelito. Esa cosita preciosa que, junto a su mami, llenaron ese vacío que existía en mi vida de papá soltero y que hoy por hoy, junto a mi precioso Gabrielito, me enorgullezco de llamar ‘mi familia‘.

Y no se complique en sacar análisis demográficos ni en dictar un diagnóstico psicológico de lo que escribo. No trate de concluir mis razones de alegrarme por traer al mundo, a este mundo, a una tan linda nena… sepa usted, nada más, que me siento simplemente feliz.

Elena Valentina, bienvenida seas.

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