Santo Viernes

29/03/2013 § 1 comentario

La procesión salía a las 9 pm. Él estaba ahí desde temprano. La ruta era nueva, pasarían por lugares que antes no recorrían. El Viernes Santo no faltaba a ver las alfombras y a la procesión del Santo Entierro. Y si, ella también estaría ahí; radiante, única, bella.

El Santo entierro inició con la solemnidad del caso. Todos se formaron detrás de las imágenes, después del coro y del clero. Ellos iban lento, cantando y riendo. Nada raro se pintaba en el ambiente. En algún momento del camino sus pláticas fueron cambiando de tema, fueron subiendo de tono. Se tomaban de la mano, porque el camino estaba oscuro. Se abrazaban, porque el viento estaba frío. Se insinuaban, porque era ahora o nunca.

A medio camino fue el primer intento. Él lo dudaba. Quería pero no sabía como. Hizo un comentario, casi disculpándose al mismo tiempo, invitando a pasar a la casa de su hermano, que estaba en el camino.

“Ok, vamos”
– *pokerface*

Ella sonreía. Él temblaba. Ella lo tomó del brazo. Él apenas podía respirar. No quería hablar, no sabía que decir. Lo que dijera, sería usado en su contra. Podría demostrar indiferencia, ella creería que él iba confiado y soberbio, o demostraría su emoción y alegría! [Quería saltar y decir ¡Al fin!, pero va!!! el glamour ante todo], se imaginó un millón de cosas, no sabía que pasaría, no sabía si aceptaría, no sabía si ella querría…

Llegado el momento se separaron del grupo, pero iba aquel, porque siempre hay uno. El niño no entendió el mensaje de ‘ya te alcanzamos’ y se fue detrás. A esa edad, quiero creer, en su inocencia no quiso quedarse solo entre ese montón de gente. Ambos se veían y no sabían como mandarle de regreso sin sonar pesados. Siguieron caminando y al llegar a la casa las cosas no podrían estar peor: Las putas llaves no abrían la puerta.

Él intentaba y no pudo. Ella intentó y fue inútil. Las miradas y sonrisas delataron un aire de ansiedad y decepción. Resignados, regresaron y alcanzaron la procesión. Surgió una plática improvisada, incoherente, tonta, nerviosa. Ninguno quiso hacer referencia a que estuvieron a punto de estar a solas sin que sus padres preguntaran en donde estaban.

Más adelante, él la llevó a su casa. Buscaba una excusa para tener un par de minutos a solas con ella. Todos salieron, ellos regresaron a la casa a tomar agua y fue entonces, que en un arranque hormonal, comenzaron a juguetear. Pellizcos, mordidas, besos, empujones y jalones. Una mano en la cintura, otra en el cuello, aquella en la espalda y la última bajando por las caderas, debajo del pantalón.

“Mirá lo que ando”, susurró. Apenas se retiró de él y, de perfil, mostró una delgada línea que rodeaba esa blanca piel con pecas de su cadera. Él se paralizó, algo explotó en su estómago y sintió como una marejada de sangre caliente subía por su rostro; la mente se puso en blanco y, cual buen puberto, pensó “hoy si”. Ella sonrió de nuevo, complacida por su reacción. Sabía que lo había atrapado.

El camino nunca pudo ser más hermoso. Era como caminar entre nubes. Sonreía por todo, subía la voz, luego susurraba. Sufrió un repentino ataque de incoherencia gramatical. No podía encontrar las palabras para decirle que pasaran a su casa, ya que ella estaba sola. Enmudecía cada vez que lo intentaba. Los nervios lo mataban, sentía que sudaba, sus manos le temblaban. sus piernas no las controlaba, no sabía que le pasaba. Le asustaba, pero le gustaba.

Fue entonces que ella tomó el control. “Vamos”, dijo, “Aún falta por terminar y nadie notará que no estamos”. Lo jaló y lo llevó al pasaje que lleva a su casa. Eran ya pasada la media noche. Coincidieron, casualmente, en estar cansados y necesitaban reposar. Entraron a la habitación principal y buscaron la manera de ponerse cómodos. Había que parecer cortés y guardar los modales (o no parecer urgidos, en todo caso).

Pero poco duró el derroche de etiqueta. Había una imponente fuerza entre esos flacos cuerpos. Eran una bomba de tiempo. Una chispa, un roce, haría explotar como pólvora y dinamita a esos 2. Y así fue. Causará gracia y ternurita imaginarlos. A esa edad, todo es algo nuevo. Y lo que hicieron o como lo hicieron; donde posaron sus manos o como enredaron sus piernas; que cuantas veces o por cuanto tiempo; el calor de la habitación y el puto ruido de las patas de la cama fue la experiencia de su vida. De su vida.

Juventud, Divino Tesoro.

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